Columnistas
14 de enero de 2026 | 23:45

El verdadero desafío: monetizar la sostenibilidad

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Opinión de Tony Calabrese, Director de Finanzas de Ecolab para Latinoamérica Sur, Centroamerica y Caribe (LASC).

Durante años, la sostenibilidad fue vista en muchas empresas como un costo necesario: una respuesta a regulaciones, una exigencia reputacional o una acción de “buen ciudadano corporativo”. Hoy, ese enfoque quedó obsoleto. En un contexto de presión sobre los recursos naturales, volatilidad económica y consumidores cada vez más informados, el verdadero desafío para las organizaciones es otro: monetizar la sostenibilidad como una fuente real de rentabilidad y resiliencia del negocio.

Un dato lo ilustra con claridad: en un solo año, las soluciones de Ecolab permitieron ahorrar más de 1.000 millones de litros de agua. Esa cantidad equivale al consumo anual de cerca de 800 millones de personas, una cifra superior a la población total de América Latina, que bordea los 700 millones de habitantes. En términos prácticos, este nivel de eficiencia demuestra que, con tecnología y buena gestión, es posible liberar suficiente agua para abastecer a toda la población de la región.

Desde la mirada financiera, la pregunta ya no es si invertir en sostenibilidad, sino cómo hacerlo de manera inteligente, medible y con retorno claro. En Ecolab hemos aprendido que cuando la sostenibilidad se integra al corazón de la operación, especialmente en la gestión del agua y la energía, los resultados no solo se ven en los indicadores ambientales, sino también en el estado de resultados.

El agua es un buen ejemplo. En América Latina, muchas industrias operan en contextos de estrés hídrico, donde cada interrupción, restricción o ineficiencia tiene un impacto directo en costos, continuidad operativa y riesgo financiero. Optimizar el uso del agua no es solo una acción ambiental: significa reducir consumo energético, minimizar paradas no planificadas, extender la vida útil de los activos y mejorar la productividad. Todo eso tiene un valor económico concreto.

Desde finanzas, la clave está en medir. Cuando una empresa puede cuantificar cuántos metros cúbicos de agua ahorra, cuánta energía deja de consumir o cuántas emisiones evita, puede traducir sostenibilidad en indicadores financieros: ahorro de costos, retorno sobre la inversión, mitigación de riesgos y, cada vez más, mejor acceso a capital. Hoy, inversionistas, bancos y aseguradoras miran con atención cómo las compañías gestionan recursos críticos como el agua.

Otro factor decisivo es el mercado. Los consumidores están cambiando. Estudios recientes como el Ecolab Watermark Study muestran que una parte significativa de las personas en América Latina está dispuesta a preferir, e incluso pagar más, por productos y servicios con menor impacto ambiental. Para las empresas, esto significa que la sostenibilidad bien gestionada no solo protege márgenes, sino que genera valor de marca, fidelización y nuevas oportunidades comerciales.

Convertir sostenibilidad en rentabilidad también requiere colaboración. Ninguna empresa avanza sola. Se necesita trabajar con clientes, proveedores, comunidades y autoridades, compartiendo datos, objetivos y buenas prácticas. Cuando la sostenibilidad se aborda de forma aislada, pierde fuerza; cuando se integra en la cadena de valor, se multiplica su impacto.

El futuro de los negocios en la región dependerá de nuestra capacidad de hacer más con menos: menos agua, menos energía, menos emisiones, pero más eficiencia, más innovación y más valor. La sostenibilidad no es un costo hundido; es una inversión estratégica. Y como toda buena inversión, debe generar retornos económicos, ambientales y sociales.

El desafío está planteado. Las empresas que entiendan esta ecuación no solo serán más responsables, sino también más competitivas y más rentables en el largo plazo.

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